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Observaciones de cuarentena pandémica

Marzo 2020, Córdoba, Argentina.

Nunca extrañé los gritos de la guardería de abajo de mi departamento que me despiertan cada lunes; al presente mi pijama lo viste de excepción igual que hace catorce días. En los amaneceres grises como hoy, la luminiscencia es tanta que de a instantes me enceguece, pero a su vez me permite ver con claridad otros colores. Pienso que el discernimiento emerge en los contextos más contradictorios. 

El sol es un eterno suicida frustrado: se mata religiosamente todas las noches, y sin embargo amanece cada mañana. Me pregunto cómo carajo lo hace. Estoy esperando un vivo por instagram o un shalom desde una nube, pero el tipo ni rayos me comparte.

La bandera argentina del cuartel de bomberos que observo desde mi ventana ya no flamea, a ninguna hora.  Me levanto en un charco de transpiración en la madrugada, cuando creo escuchar la sirena, pero en realidad no hay nada que apagar más que mi mente ¿Acaso no saben que hay un incendio a fuego vivo? Soy yo, en la pieza que inventé sobre mi cama de metro y medio por sesenta de ancho, cama que no llega a las cuatro paredes, y de colchón usa la almohada.

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¿Cómo fue que sin planificarlo logramos corromper el tiempo? Esa unidad física estúpida con la cual competíamos, unidad que usábamos para capitalmente organizarnos, ¿por qué ya no corremos como tontos detrás de él? ¿Qué es lo que realmente se detuvo? 

¿Alguien, USTEDES, me lo puede explicar? 

En mi cuarentena de monólogos sin respuestas, estimo que si el silencio tomara la palabra, aún mi corazón puede decir cosas, aunque  el lenguaje no me basta. 

Me encuentro en la posguerra, de un saqueo a mis propias emociones, tengo todas las góndolas vacías, ni yo se cuáles son las provisiones que en verdad me alimentan. Como ritual sin planteos, vivo a té con gin tonic, a escritura de poemas muertos, a un do sostenido en el teclado que saco al invento de mi patio, buscando algún eco miserable desde el cielo. 

En la media sombra se posan dos gorriones haciendo oda con sus plumas. Me ostentan la libertad que llevan, deteniéndose frente a mí porque pueden. Quisiera tener ese caminar de las aves frente a la policía: silencioso pero pintoresco, por momentos casi invisible; ese caminar que suele ser tranquilo y de a minutos galopa a un trote de veloz pero que siempre va con su cuello indagando por el territorio que transita. Parece que las aves desfilaran a propósito, haraganamente sobre la tierra después de coronar su vuelo como una fiesta. 

Lo curioso, es que los pájaros posan sobre el cableado su peso -que en apariencia- no afecta la tensión. Pueden cortejar con su canto y hasta bravuconear con otros pájaros a la distancia. El peligro puede tornarse frágil e imperceptible cuando la naturaleza de comunicar es más fuerte.  Intento cantar, mi garganta se vuelve cemento, durante estos minutos de hormigón que no corren.

Ya es de noche, y el único sonido que me envuelve en la terraza son aplausos, que no son para mí, o quizás sí sean para mí pero ellos no lo saben: me convertí en mi propia heroína de la película que me invento. Acabo de tener mi primer experiencia de parkour saltando hasta el balcón sin perder mis piernas en el aterrizaje. Pero me pregunto para qué las quiero.

Si todavía sigo buscando la cruz del sur y todas las líneas de estos edificios convergen en la memoria de tu vientre . Me pregunto si al delivery de comida -que es lo único que se mueve en las calles- le pido un corazón nuevo para el postre ¿también me lo traen en 35 minutos?

Indago sobre mi cuerpo en reposo, que parece muerto luego de este salto sin paracaídas. Te adueñaste tanto de mi piel que hasta le quitaste los pigmentos. Tengo un turno con la dermatóloga después de esta cuarentena inútil, que no hace más que añorar la ininterrumpida rutina de tus brazos enredados sobre los míos. Aunque anoche destruí esa liana tóxica. Ahora, mi cuerpo puede ser un lienzo para otros pinceles que esperan el arte de mis pechos. Extraño a los amores que aún no conozco pero me gustan tanto que no sé como desearlos. Analicé sobre el algoritmo del tinder en cuarentena. Estoy navegando en los desafíos de la pornografía del futuro, no son las pantallas, es la inexistencia de la falta de deseo por la piel humana. Si nada tiene sentido, ¿por qué habríamos de cultivar la líbido de nuestro ego?

Lo bello es bello porque escasea, creo que voy hacer apología del paradigma de la pobreza. Esta abundancia de tiempo que no me queda bien, que me pesa, que nos pesa, no es más que un RECORDATORIO a nosotros mismos desconectados de la máquina, que sin los otros, el amor no nos sobra, el amor escasea.-

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